La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 27 de noviembre de 2016, 1º de Adviento


Mateo 24,37-44

Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé”. Tan ignorado es el día del fin de los tiempos, que vendrá de improviso, como vino el diluvio en los días de Noé. Para hacer más gráfica la descripción de lo repentino de la llegada de aquella hora Jesús propone unos ejemplos sacados de la vida ordinaria de los judíos: “Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba”, completamente despreocupados de la catástrofe que se avecinaba, “hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos”.

El diluvio es aquí el símbolo de la muerte, que abre las cataratas del cielo sobre el infeliz mortal. Cataratas de luz y de bendiciones, si la muerte es la del justo; de terrores y de maldición y de tormento eterno, si el que muere es pecador. Feliz el que, como Noé, con la mente puesta en el diluvio que se aproxima, construye el arca de su vida de forma que en ella pueda seguramente cobijarse a la hora imprevista de la muerte. Loco y digno de lástima el que no entiende el problema de la vida, que se reduce a resolver bien el problema de la muerte. Vendrá el diluvio y, sin albergue de buenas obras donde se ampare, perecerá en las aguas de la infelicidad eterna.

Al ejemplo de la historia bíblica añade los de la vida casera: “Dos hombres estarán en el campo” ocupados en el mismo trabajo: “a uno se lo llevarán” los ángeles, que reunirán a los elegidos para el Reino de Dios “y a otro lo dejarán”, excluido del Reino y destinado a la condenación; “dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán”.

Dice San Jerónimo: “El campo en que será uno tomado y el otro dejado representa la igualdad de ocupaciones y profesiones y la desigualdad de suerte definitiva. Mientras unos se santifican y lucran el cielo en una labor, otros atesoran en el mismo trabajo la ira de Dios que un día les condenará”. Es que no es la profesión la que hace santos, aunque sea santa, sino las condiciones de los que en ella se ocupan. Todos los estados son buenos, y todos pueden ser camino del cielo, si es que los abrazamos con vocación; pero todos los estados pueden ocasionar nuestra ruina si no cumplimos los deberes que nos imponen.

Si el advenimiento del Hijo del Hombre ha de ser rápido e imprevisto como vino la inundación del diluvio, la consecuencia es natural: “Estén, pues, vigilantes, porque no saben qué día vendrá su Señor”. No quiere el Señor que sus discípulos sepamos el tiempo ni la hora del advenimiento para que estén siempre nuestros ánimos atentos, esperándole.

Jesús reclama la atención de sus discípulos: “Entiendan bien que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa”. Un jefe de casa que sabe ha de venir el ladrón, no duerme, sino que se hace todo ojos y oídos para advertir su llegada. Como él debemos estar en vela los discípulos de Cristo, porque el Hijo del Hombre vendrá inesperadamente como ladrón, de noche.

Comenta San Gregorio: “Está en vela quien tiene los ojos abiertos para ver toda luz verdadera que ante ellos brille; está en vela quien practica aquello que cree; está en vela quien ahuyenta de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia”.

Añade San Agustín: “Y esta palabra la dijo Jesús no sólo para los discípulos a quienes hablaba, sino para cuantos nos precedieron, y para nosotros mismos, y para cuantos vivirán después de nosotros hasta el día de su ad­venimiento final, que será el día de todos… Pues tales seremos juzgados el último día del mundo cuales salgamos de esta vida el día último de la nuestra. Por esto debe estar en vela todo cristiano, para que no lo halle mal dispuesto el día del advenimiento del Señor; sin preparación hallará aquel día a quien sin preparación cogió su último día”.

“Por eso, también ustedes estén preparados, porque a la hora que menos piensen vendrá el Hijo del hombre”. Como consecuencia de ello, inculca otra vez el Señor la idea de la vigilancia: A los obstáculos de la vigilancia que son la sensualidad, la pereza  y la disipación, se contrapone el espíritu y la práctica de la oración perseverante y la austeridad de vida. De esta suerte se evitarán los males de aquel último día, que fatalmente deben venir, el juicio adverso y la condenación.

Dice San Juan Crisóstomo: “Guardamos celosamente las riquezas para que no caigan en manos de ladrones, y dejamos abierta la casa de nuestra alma para que penetren en ella los ladrones de las verdaderas riquezas, que son las de nuestro espíritu. ¡Peligro tremendo el que corren nuestros destinos eternos! Porque a la hora que menos pensemos vendrá el Hijo del hombre. Vendrá la muerte, en la que nadie piensa, porque hasta los que piensan morir, o no piensan en el advenimiento de quien les ha de juzgar, o piensan que aún tienen tiempo de más vivir. Y el día del Señor es inexorable; nos cogerá cuales seamos y como estemos: vigilantes y llenos de buenas obras en el Señor, o descuidados y con nuestra alma en posesión del infernal ladrón, para quien el último día del pecador es el día del dominio definitivo y eterno sobre él mismo”.

Podríamos malograr esa venida, esa cita imprevista, esa visita sorpresa con nuestras seguridades engañosas. Jesús vendrá al final de los tiempos en el esplendor de su gloria. Jesús vendrá a la hora de nuestra muerte en aquel momento solemne y definitivo. Pero Jesús viene cada día, lo podemos descubrir si estamos en vela; viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento para que lo recibamos por la fe. ¡Bienaventurados los creyentes!

Una respuesta a “Evangelio del domingo 27 de noviembre de 2016, 1º de Adviento

  1. Fernando Ramos 29 \29\UTC noviembre \29\UTC 2013 en 8:34 AM

    Querido hermano: felicito por este emprendimiento y damos gracias a nuestro amado Dios por él. Que el Espíritu de la Verdad siga guiando tus caminos. Dios te bendice. En Cristo y María, Fernando Ramos- Argentina

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