La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

TIEMPO DE ADVIENTO


por FRANCISCO LUNAR TRIGO, pbro.
párroco de la parroquia de San José, de Sisa

El tiempo de adviento son las semanas que preceden y preparan la celebración de la Navidad. “Adviento” significa “venida”. Y de eso se trata: de disponernos a la venida del Señor a nuestras vidas.

Durante este tiempo, preparamos la celebración de la venida del Hijo de Dios, en medio de nosotros. No como si no lo conociéramos, como si fingiéramos que aún no ha nacido: sabemos que nació hace dos mil años, que ha vivido nuestra misma vida, que ha amado hasta la muerte en cruz, que ha resucitado.

Pero preparar la fiesta de su nacimiento es ocasión para renovar, con toda intensidad, una actitud de fe y de espera en la salvación que él viene a traernos. Y es una ocasión para preparar nuestras vidas a fin de que pueda seguir viniendo a nosotros, entre dentro de nosotros, renueve nuestro corazón y nos convierta  en hombres nuevos, dedicados a hacer el bien, como él lo hizo, caminando hacia la santidad.

El adviento no es sólo preparar una venida ocurrida hace ya siglos. Es también preparar una venida constante, cotidiana, de todos los días. Porque ahora, hoy, a cada momento, Jesús viene. Viene a través de la Eucaristía, a través de los Sacramentos, a través de la comunidad cristiana. Viene también al corazón de cada creyente, en la oración, en la lectura de su Palabra, a través de los hermanos, en los acontecimientos de nuestras vida, en todo lo que hacemos y vivimos, y especialmente en los más pobres, ya que en ellos se refleja con especial intensidad su rostro. Y finalmente, celebramos otra venida de Jesús. Su venida definitiva al final de todo, cuando reúna a toda la humanidad en la vida plena de su Reino. Nosotros caminamos hacia esa venida definitiva, y nos preparamos para estar bien dispuestos para ese momento.

Las actitudes del tiempo de adviento

Los tiempos litúrgicos nos hacen presente la historia de nuestra salvación, y ponen ante nuestros ojos aspectos importantes del ser cristiano. Las personas somos limitadas, y no podemos vivirlo todo a la vez.

Durante el tiempo de adviento podemos destacar cinco actitudes que nos ayuden a vivirlo con mayor intensidad.

1-    La Esperanza: Quizá sea esta la palabra que más resuena en este tiempo. Esperamos la venida del Señor, y esperamos que su salvación se realice en nosotros y en nuestro mundo.

Sabemos que esta esperanza no se realizará definitivamente hasta que llegue el Reino de Dios para siempre, al término de todo, en la vida eterna. Y sabemos también que nuestro camino en este mundo esta orientado y encaminado hasta ese momento último, pleno, cuando Dios reúna a sus hijos en su cielo nuevo.

Pero al mismo tiempo, esta esperanza se realiza ya ahora, se cumple ya ahora. Jesús nos enseñó que cada gesto de amor, cada momento de felicidad, cada dolor superado, cada injusticia vencida, cada experiencia de confianza en Dios Padre, es ya la realización de Su Reino. Por eso, al mismo tiempo que esperamos la vida nueva y definitiva que sólo Dios puede dar, nos alegramos también de las pequeñas o grandes realidades de nuestra vida nueva que se abren camino entre nosotros.

Y para que esta esperanza sea verdadera, tenemos los ojos muy abiertos ante los males que se dan en nosotros y en nuestro mundo: si viviéramos satisfechos, si no nos diéramos cuenta del pecado que hay a nuestro alrededor, ¿Qué esperaríamos? ¿Qué interés tendría para nosotros esperar la venida del Señor? ¿Cómo podrían ilusionarnos las palabras tan luminosas del profeta Isaías cuando anunciaba, que “habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león comerán juntos; y un joven los pastoreará”? (Is 11, 6)

2-    Preparar el camino al Señor: Esta es la frase clave de este tiempo de adviento, la llamada que nos hace Juan el Bautista junto al rio Jordán. El Señor viene, y la salvación es obra suya, no nuestra. Pero sería una hipocresía decir que esperamos si, al mismo tiempo, no trabajásemos para que empezara a hacerse realidad aquello que esperamos. Si deseamos un mundo en el que reinen la bondad, la justicia y el amor, un mundo en el que no haya enfrentamientos ni lagrimas, un mundo en el que Dios llene todos los corazones y hacer cuanto nos corresponda para que nuestras vidas y nuestro mundo se acerquen cada vez más al proyecto de Dios.

A Juan Bautista, cuando llamaba a la gente a preparar el camino del Señor, le preguntaron: “Entonces, ¿Qué tenemos que hacer? Y él contestó algo muy sencillo y claro: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene. Y el que tenga comida, que haga lo mismo”. Y luego prosiguió su respuesta, concretando las exigencias para cada grupo y cada persona. Y termino su explicación diciendo que él no era el mesías, sino que sólo venía a preparar su venida, y que lo importante era tener los ojos abiertos para reconocerle y seguirle. Pues de eso se trata: seguir a Jesucristo.

3-    La alegría: Parecería que la alegría hay que guardarla para la Navidad, y que este tiempo sea un tiempo triste. Pero no es así.

Es verdad, que la gran alegría por la venida del Señor estallará en la Navidad, pero ya ahora, de muchas maneras se nos invita a vivir el gozo se saber que el Señor está aquí y nos salva.

El primer ejemplo lo tenemos en los profetas. Ellos, incluso en las épocas más difíciles de la historia de Israel, invitaban a vivir la alegría de saber que el Señor no les abandonaba, que estaba con ellos, que les guiaba y conducía. También nosotros sabemos que el Señor está aquí. Que viene a salvarnos.

A veces lo experimentamos: cuando sentimos la felicidad del amor, de una esperanza cumplida, de haber sido capaces de superar una dificultad o de haber sabido perdonar.

Otras veces la vida se hace dolorosa y cuesta más encontrar esa alegría. Pero siempre, y en este tiempo especialmente, merece la pena mirar hacia nuestro interior y vivir la alegría de tener a Dios con nosotros, acompañándonos siempre.

Dice San Pablo: “Estén siempre alegres en el Señor: se los repito, estén alegres. El Señor está cerca. Nada les preocupe: sino que en toda ocasión, presenten a Dios sus peticiones en la oración y súplica con acción de gracias”.(Flp 4, 4-5)

El gran ejemplo de esta alegría lo tenemos en María, la Madre de Dios. Basta verla en la visita a su prima Isabel: el Hijo que ella lleva en sus entrañas es la mayor alegría, nuestra gran alegría. Porque nosotros como María, también creemos en Dios y en todo lo que Él ha prometido.

4-    La Oración: Para vivir lo que este tiempo de adviento significa, para que entre de verdad en nuestro interior, es importante dedicar tiempo a la oración. La oración es como el oxígeno de nuestra vida espiritual. La oración debemos hacerla permanentemente como una necesidad vital de encuentro con Jesús, pero el adviento nos invita de una manera muy especial a levantar el corazón hacia Dios: para acercarnos más a él, para desear su venida, para poner ante él la debilidad de nuestra condición humana, para reconocer que sin él no podemos hacer nada, para compartir con él la vida que hemos vivido y descubrir su presencia amorosa, para compartir con él las alegrías y las ilusiones a través de las cuales él se manifiesta y nos anima, para mirar a nuestro mundo y presentarle nuestros deseos y nuestro trabajo, y sobre todo, para que nos entre muy dentro la alegría de su presencia que nos salva.

En estos momentos previos a la navidad en nos encontramos, que desde luego tiene muchas virtudes, puede tener el grave inconveniente de que, si no estamos atentos, todo pase tan a prisa, que casi no nos demos cuenta, porque estemos más pendiente de cuanto rodea a estas fiestas, que de encontrarnos con Jesús.

Busquemos momentos de intimidad con Jesucristo, para que vaya calando en nosotros toda Su presencia a través de cuanto estamos celebrando. Presentemos de forma sencilla ante Dios nuestras esperanzas personales y comunitarias. O repetir con toda sencillez, aquella invocación que tanto gustaba a los primeros cristianos, y que nosotros utilizamos muy frecuente en este tiempo de adviento ¡Ven Señor Jesús!

5-    La paciencia: Muchas veces nuestros esfuerzos no dan el resultado que desearíamos. Trabajamos por algo que creemos bueno, y no hay forma de que se haga realidad. Queremos convertirnos y mejorar en algún aspecto de nuestra vida, y no lo logramos. Miramos hacia nuestro país, hacia nuestras comunidades, y queríamos que hubiera mas justicia, mas paz, mas bienestar para todos, y nos damos cuenta que hay demasiados intereses que lo impiden. Desearíamos que Jesús fuera más conocido y amado, y no sabemos a veces que hacer para que así fuera. El adviento es una invitación a trabajar sin desfallecer, aunque las cosas no salgan como quisiéramos. El apóstol Santiago en su carta no exhorta a entrar en la paciencia de Dios: “Tengan paciencia hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tengan paciencia ustedes también, manténganse firmes, porque la venida del Señor está cerca. Tengan paciencia, y manténganse firmes, hasta que venga el Señor” (St 5, 7-8)

El tiempo de adviento, es el tiempo de la Virgen María. El Papa Pablo VI dijo “que seguramente este es el tiempo más adecuado para recordar y para orar a la Virgen María. Incluso se podría decir que es bastante más que otros tiempos que tradicionalmente se le han dedicado”.

María está muy presente en todo el camino de espera de la venida del Señor. El Hijo de Dios viene al mundo a través de la Virgen María. Ella es la mujer fiel, humilde, conocedora de las esperanzas de su pueblo, llena de todo lo que los profetas habían anunciado y prometido, y que esperaba con toda su fe la llegada de aquel Mesías que tenía que traer una vida nueva para todos.

A María Dios la llama a ser La Madre del Mesías, y ella responde con docilidad, humildad, y con mucha fe a la llamada, y se dispone a recibir en su seno al Salvador del mundo. Y se convierte así en la mensajera de la alegría de Dios, portadora de la buena noticia, que es una persona, un niño que se forma en su vientre y que nacerá en Belén.

En este tiempo, nosotros esperamos al mismo que la Virgen esperó con amor de Madre. Porque nunca como este tiempo nos sentimos tan unidos a María, haciendo lo mismo que hacía ella.

En los primeros días del adviento, recordamos a María con una fiesta que, si bien no es propiamente una fiesta de adviento, si encaja muy bien con este tiempo. Es la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Pero será hacia el final de este tiempo cuando María se haga más presente en nuestras celebraciones, donde se convierte en la principal protagonista de las narraciones evangélicas de los días inmediatos a la navidad.

Que este tiempo, sea de verdad el tiempo de esa espera confiada en Aquel que vino, vendrá y que no deja de venir para que entrando en nosotros transforme nuestro corazón. “Mira que estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20).

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