La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 11 de Diciembre de 2016; 3º de Adviento


Mateo 11,2-11

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!”.
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

En Israel todos esperaban “en aquel tiempo”, aunque cada uno esperase cosas diferentes. Los más esperaban, simplemente, salir de aquella humillación en que vivían: su país invadido por extranjeros, el reino de David convertido en un despojo, la miseria y la pobreza de tantas familias… Sabían que el Mesías libertador vendría de un momento a otro. Esperaban y desesperaban al mismo tiempo, por eso “Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: ¿Eres  tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. A veces les parecía que lo del Mesías era un bonito cuento, un hermoso sueño, que inventaban en las sinagogas para hacer más llevadera la opresión de la esclavitud. Juan envía a dos de sus discípulos para que escuchen de viva voz de Jesús que él es el Mesías y de esta manera le sigan. Hermosa pedagogía que también nosotros debemos emplear con aquellos a los que queremos acercar a Jesús.

“Jesús les respondió: Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio”. Jesús no ofrece una liberación simplemente humana: no libera al pueblo de la opresión de los romanos, no hace sanos a los enfermos, no resucita  a los muertos, no hace sabios a los ignorantes… Jesús define cuáles son las consecuencias del Reino. Los milagros son signos sorprendentes de la llegada del Reino, de la fuerza del Reino, son prueba de que esa nueva edad ha llegado. En Jesús se cumplen esos mismos signos mesiánicos, anunciados por los profetas. Jesús proclama y realiza en su humanidad el hombre nuevo; en su vida podemos clamar que el hombre nuevo ya existe. Estos signos son referidos a los pobres y necesitados, nos hablan de  liberación de la peor cojera que es la que nos paraliza en el seguimiento de Cristo y en el servicio a los hermanos y que solo se supera con el Amor;  nos libera de la terrible lepra de vivir instalados en el  pecado que solo es posible con el Perdón; nos libera de la más grave sordera que es no querer escuchar a Dios, anunciándonos el Evangelio;  nos libera de la muerte eterna, en la que podemos vivir para siempre si nos condenamos, ofreciéndonos la salvación;  nos libera de la pobreza más absoluta que es no tener el tesoro más excelente que es a Él mismo. Cristo tendrá que realizar toda una tarea pedagógica para explicar que la felicidad que anuncia y realiza en los milagros es, ante todo, una realidad del espíritu.

Por eso dice a los enviados del Bautista: “¡Dichoso el que no se escandalice de mí!”. Con estas palabras Cristo avisa a todos para que a nadie sorprenda su humildad y su pasión y muerte, que no se compaginaban con la idea del Mesías que tenían sus contemporáneos.

Nosotros no hemos de escandalizarnos de la humillación de Jesús, sino que en su humildad hemos de buscar nuestra grandeza; en su abatimiento, nuestra gloria; en su pobreza, nuestro tesoro; en la cruz, nuestra felicidad. Dice San Agustín: “Se hizo Dios hombre, para que el hombre fuera dios”

“Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar con la gente sobre Juan: ¿Qué salieron ustedes a ver en el desierto? Alude a la conmoción general de las gentes de Israel que se dirigían a las orillas del río Jordán para ver a Juan. Juan es un hombre solo, sin casa, sin lujos, porque “los que visten con lujo habitan en los palacios”; es un hombre curtido por el sol y la escasez del desierto, su aspecto austero es el de “una caña sacudida por el viento”. Las gentes salían de las ciudades a ver a un enviado de Dios. Entonces, ¿a qué salieron?, ¿a ver a un profeta? Sí, les digo, y mucho más que un profeta”. Por fin había de nuevo un profeta cuya vida le acreditaba como tal. Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia y en las vidas de las personas. Sí, si todos los profetas fueron fuego, Juan lo era mucho más porque su alma ardía y quemaba las almas de los que le escuchaban con el deseo del Mesías; Juan era grande, puesto que de “él es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti”. Esta cita del Antiguo Testamento del profeta Malaquías habla de la intervención salvadora de Dios; a Él hay que abrirle la puerta del corazón y de la vida, de todas las dimensiones de la vida; a Él hay que prepararle el camino con nuestra oración y penitencia. Con la predicación de Juan se hicieron realidad todas estas antiguas palabras de esperanza de la Antigua Ley: se anunciaba algo realmente grande.

“Les aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista”. El elogio de Jesús acerca de Juan no se refiere a su santidad personal, sino a la grandeza de su misión. Dios nunca había suscitado a un hombre con la altísima y única misión de señalar con su dedo al Mesías, Hijo de Dios.  “Y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”. Contrapone el Señor a su Iglesia con la religión judía, al Nuevo con el Antiguo Testamento, a la Gracia con la Ley: el cristiano más humilde es más grande que cualquiera de los grandes personajes del Antiguo Testamento. Tú y yo, si somos cristianos, somos más grandes que Juan Bautista, porque somos hijos predilectos de Dios por el Bautismo, porque a nosotros nos ha dado su Palabra, su gracia, sus sacramentos, porque nos nutrimos de su carne en la Eucaristía, y, si no nos hacemos indignos de ello, nos hará herederos del cielo y partícipes de la gloria de Cristo. Comenta San León Magno: “Reconozcamos nuestra dignidad de cristianos, que nos levanta sobre los hombres de la Antigua Ley, y sea nuestra vida digna de nuestro nombre”. Reconozcamos y valoremos los que somos por gracia de Dios, y vivamos con sano y santo orgullo el ser cristianos, sin complejos, sin tristeza, con alegría, con desbordante alegría.

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