La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 1 de enero 2017, Santa María Madre de Dios


San Lucas 2, 16 – 21

Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

En el primer día del nuevo año tenemos la alegría y la gracia de celebrar a la santísima Virgen María, a quien la Iglesia venera como Madre de Dios, porque dio carne al Hijo del Padre eterno. El evangelio de esta solemnidad pone el acento principalmente en el Hijo de Dios hecho hombre, en su circuncisión y en la imposición del nombre de Jesús.

“En aquel tiempo los pastores fueron corriendo a Belén”, porque creyeron de verdad el anuncio del ángel, porque se sabían amados, se sentían amados  por el Señor. E iban en busca de ese amor. El ángel les había anunciado que en la ciudad de David, en Belén, había nacido el Salvador y que iban a encontrar la señal: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Fueron a toda prisa. La señal que les habían dado era extraña: unos pañales y un pesebre. Si era el Mesías cómo iba a venir así. Lo esperaban entre el resplandor de los rayos y viene entre pañales. Era extraño, pero estaban muy alegres y la alegría les ponía alas en los pies. Se acercaron a la cueva con sus pobres regalos “y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre”. No entendían, pero se sentían felices. Como creyeron merecieron ver la realidad del Nacimiento del Señor y saber las cosas que les contarían la Virgen y san José.

Nos enseña san Beda: “Creamos también nosotros cuanto nos enseña la Iglesia, y mereceremos ver la realidad en el cielo, donde no hay fe, porque hay visión clara de Dios, ni enigma, porque Dios se manifiesta a sus escogidos tal cual es”.  Seamos sencillos como los pastores.  Dice san Ambrosio: “Antes mereció conocer la gracia de Dios la inocencia que el poder, y la simple rusticidad pudo saber la verdad antes que la soberbia realeza”.

Contemplando a los pastores me pregunto: ¿Qué es lo que me detiene a responder  con generosidad a las llamadas de Dios?

El evangelista habla de la maternidad de María a partir del Hijo, porque es él el punto de referencia, el centro del acontecimiento que está teniendo lugar, y es él quien hace que la maternidad de María se califique como divina.

El Hijo de Dios es verdaderamente hombre porque ha nacido de María. Por eso María es Madre de Dios. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristiana. Por toda la eternidad Jesús será el hijo de María. Este es el designio providencial de Dios. Ella es la colaboradora de Dios para entregar a su Hijo al mundo. Y esto que realizó una vez por todos lo sigue realizando en cada persona.

No podemos separar lo que Dios ha unido. Ni María sin Jesús, ni Jesús sin María. Ni ellos sin José. Por tanto, glorificando al Hijo se honra a la Madre y honrando a la Madre se glorifica al Hijo. No se trata de lo que los hombres queramos pensar o imaginar, sino de cómo Dios ha hecho las cosas en su plan de salvación. Nuestra espiritualidad personal subjetiva ha de adecuarse a la objetividad del proyecto de Dios.

Dios ha creado inmaculada a María para hacerla Madre de Dios, y su inmaculada concepción  ha culminado en la Maternidad. María sabe que no es ella la depositaria última de Cristo como definitiva bendición del Padre. Ella es la primera de los bendecidos, pero el don es para toda la humanidad: Cristo nos es dado a todos.

“Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño”. Almas sencillas, los pastores, cuentan minuciosamente la visión que habían tenido aquella misma noche. Los pastores se dieron cuenta de que aquella alegría era para todos. Intuían misteriosamente que habían sido elegidos más para contarlo a todas las gentes que para verlo. Con alegría y entusiasmo contaban su experiencia de Belén para llevar a muchos a la cueva del Nacimiento. Y “todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores”. Así fueron éstos los primeros propagadores de la buena noticia. Los que creyeron, aguardaron en el silencio la salvación que vendría por el Mesías recién nacido.

“Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. San Lucas presenta a María como observadora, reflexiva, inteligente y de profunda vida interior. María participa en silencio, meditando en su corazón, como quien amontona un tesoro,  sobre el misterio de su Hijo, que de modo completamente singular es don de Dios para los humildes y los pobres de espíritu.

El Hijo de Dios, hecho Hijo de la Virgen, también aprendió a meditar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las maravillas del Todopoderoso y las meditaba en su corazón.

De María debemos aprender la meditación de los beneficios de Dios; la concentración espiritual que hace estable la fe; el silencio meditativo que da profundidad a nuestra vida interior y acrece la virtud.

“Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho”. El encuentro, primero con el ángel y luego con el Señor, llena los corazones de los pastores de inmensa alegría, fruto del Espíritu, gozo que se traduce en glorificación y alabanza a Dios y en testimonio valiente de Jesucristo.

“Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción”. La Circuncisión de Jesús es el signo de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la alianza, de su sumisión a la Ley, y de su consagración al culto de Israel en el que participará a lo largo de toda su vida. Con aquella primera sangre derramada el Niño se constituía en heredero de las promesas hechas a Abraham.  Un misterio que expresa la voluntad del Hijo de Dios de someterse a una Ley que no le obligaba, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a los perdidos por la desobediencia a Dios.

Aquellas gotas de sangre y aquellas lágrimas eran el primer paso para el sacrificio del Cordero. Jesús con su llanto y con su sangre nos exhorta a que aceptemos la ley del dolor como una ley normal de la vida humana. Con nuestro sufrimiento unido a los dolores de Cristo podemos cooperar a la obra de nuestra propia salvación  y la de los demás.

En el centro del versículo, y de toda la historia humana, hay un nombre que hizo suyo, hace veinte siglos, un niño; Dios tiene ya nombre de verdadera criatura humana: Jesús.  Sólo él realizó en plenitud lo que su nombre significaba: Dios salva.

Jesús quiere decir en hebreo: Dios salva. En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión.  Es Dios quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre salvará a su pueblo de sus pecados. En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la Persona de su Hijo hecho hombre para la Redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación  y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación  de tal forma que no hay otro nombre por el que nosotros debamos salvarnos.

La Resurrección de Jesús glorifica el Nombre de Dios Salvador porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano. Los espíritus malignos temen su Nombre y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, Él se lo concede. Numerosos cristianos mueren, como santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: “Jesús”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: