La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 4º de Pascua, 7 de Mayo de 2017


EL BUEN PASTOR

Jn 10, 27-30.

Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa”.

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús se presenta a sí mismo como el buen Pastor anunciado, no sólo de Israel, sino de todos los hombres. Y su vida es una manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su caridad de buen pastor. Él siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor.

“En aquel tiempo, dijo Jesús: Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco”.

Las ovejas conocen la voz del pastor porque le pertenecen, son suyas y Él conoce perfectamente a sus ovejas por su nombre. Jesús nos conoce por nuestro nombre, nos sabe de memoria, todo lo nuestro, también nuestros pecados, y, a pesar de todo, nos ama personalmente a cada uno, como si solo existiéramos cada uno. Ambos, Pastor y ovejas, se pertenecen en ese conocerse, aceptarse y amarse mutuamente.

Cuando el discípulo-pastor se acerca a las ovejas unido al amor de Cristo, las ovejas escuchan también su voz, que es la voz de Jesús mismo. No siguen al pastor, sino a Jesús.

¡Que Dios envíe a su santa Iglesia muchos pastores que tengan la voz inconfundible de Jesús! 

San Cirilo de Alejandría dice: “El distintivo de la oveja de Cristo es su capacidad de escuchar, de obedecer, mientras que las ovejas extrañas se distinguen por su indocilidad. Comprendemos el verbo “escuchar” en el sentido de consentir a lo que se le ha dicho. Y las que lo escuchan las reconoce Dios, porque “ser conocido” significa estar unido a Él. Nadie es totalmente ignorado por Dios. Porque, cuando Cristo dice: “Yo conozco mis ovejas”, quiere decir: “Yo las acogeré y las uniré a mí de una forma mística y permanente”. Se puede decir que al hacerse hombre, Cristo se ha emparentado con todos los hombres, tomando su misma naturaleza. Todos estamos unidos a Cristo a causa de su encarnación. Pero aquellos que no guardan su parecido con la santidad de Cristo, se le han hecho extraños”.

¡Yo también soy conocido de ese modo! ¡Gracias, Señor, por ese amor!

 “Y ellas me siguen”.

La vida cristiana no es otra cosa que seguir a Jesús, imitar a Jesús, hacer todo como Él, escuchar su voz, meditar con amor su palabra, tratar con Él de las cosas de la vida.

También el discípulo que ha sido llamado a ser pastor, que camina delante de las ovejas, debe seguir a Jesús. El pastor al servicio de Jesús no debe sujetar a las personas a él mismo, a su pequeño yo. Él y las ovejas que le han sido encomendadas deben introducirse juntos en el amor de Dios, han de encontrarse en el amor de Dios.

“Y yo les doy la vida eterna”.

Esta vida la ofrece el buen Pastor con su muerte y resurrección, como canta la liturgia de la Iglesia: “Ha resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya”. 

El verdadero pastor no quita la vida, sino que la da entregándose a sí mismo. Para el pastor las personas son creadas por Dios, imágenes de Dios, son seres libres para ser amados. El Pastor es su propietario por el hecho de que las conoce y las ama y quiere que vivan en la libertad de la verdad.

Esta es la gran promesa de Jesús: dar vida en abundancia. Esta vida que el Hijo comunica  a los hombres es mucho más que la vida natural, es la vida trascendente del mundo superior. Es la vida eterna, es la salvación misma, la condición de quien está salvado. Los hombres venimos a este mundo privados de esta vida, creemos vivir, pero estamos muertos mientras no recibamos la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el Bautismo y pasemos de la muerte del pecado a la vida de Dios.

Esta vida consiste en ser liberados, por la muerte y resurrección de Cristo, de todo pecado y de la muerte eterna; consiste en alimentarse del Señor, de su Palabra en la Sagrada Escritura, de su Cuerpo en la Eucaristía, de su Amor y de su Verdad.

¡Que tengamos, Señor, vida abundante!

“No perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me la ha dado, es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre”.

Yo soy alguien  para Jesús y para el Padre. Soy importante para Ello. El Señor ha arriesgado su vida por mí. Todo hombre es importante para Jesús. Está dispuesto a batirse por él ante el lobo del pecado. Las ovejas de Jesús son posesión del Padre y suya, ni los hombres ni los demonios logran arrancarlas de sus manos omnipotentes. Si perecen será por la propia voluntad de ellas, no por falta de poder en el padre y en el Hijo.

“El Padre y yo somos uno”.

Así proclama Cristo su divinidad. Directamente se expresa esta unidad entre el Padre y el Hijo en el poder. Los poderes  divinos del Padre son los del Hijo.

La Iglesia es el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como Él mismo anunció a través de los profetas. La Iglesia experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y definitivo de la promesa de Dios.  Él, el Pastor de las ovejas, encomienda a los Apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar el rebaño de Dios.  Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo, es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta.

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