La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO VII DE PASCUA: LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, 28 de mayo de 2017


Mateo 18,16-20

Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

En aquel tiempo, los once discípulos se fuerona Galilea, al monte que Jesús les había indicado.San Mateo confiere a esta escena una muy especial grandeza. Están los once esperándole en el monte. Parece que los discípulos ven venir a Cristo de un lugar entre el cielo y la tierra, movido por un gran ímpetu, tan grande como el poder que va a conferir a los suyos. Viene con paso firme. Impresiona. Tanto que “al verlo, lo adoraron pero algunos dudaban”. Esta vez su postura ante él era de adoración, como si ahora vieran en Él más al Dios que era que al compañero que había sido.

Y Jesús vuelve a hablar de lo que siempre habló: del reino de Dios que anunció en este monte. Pero ahora todo es más claro, ya no hay veladuras. El reino de Dios ya se ha realizado en él. Y habla con autoridad, con una verdad que no es de este mundo. Sus palabras son palabras de eternidad. Oyéndole hablar y experimentando su presencia los Apóstoles ven realizado lo que les anunciara. Jesús hace ahora tres declaraciones de importancia capital para sus discípulos. Declaraciones que ellos grabaron muy bien en sus mentes.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el ciclo y en la tierra. Este pleno poder no es nuevo en Él, pero ahora su condición de resucitado le permite desplegarlo en toda dirección y ejercerlo en toda su intensidad. Es un poder que le ha sido dado por el Padre, cuyo enviado es. Es un poder sobre el cielo: sobre cuanto a Dios se refiere; y sobre la tierra: sobre cuanto atañe a los hombres. En su persona se juntan los destinos del hombre y de Dios, con lo que afirma su soberano poder de Dios-hombre.

El Señor tiene poder en el cielo y en la tierra. Y sólo quien tiene todo este poder posee el auténtico poder, el poder salvador. Sin el cielo, el poder terreno queda siempre ambiguo y frágil. Sólo el poder que se pone bajo el criterio y el juicio del cielo, de Dios, puede ser un poder para el bien. Y sólo el poder que está bajo la bendición de Dios puede ser digno de confianza.  Jesús tiene este poder en cuanto resucitado: este poder presupone la cruz, presupone su muerte. Presupone el otro monte, el Gólgota, donde murió clavado en la cruz, escarnecido por los hombres y abandonado por los suyos. El reino de Cristo es distinto de los reinos de la tierra y de su apariencia que se disipa. El reino de Cristo crece a través de la humildad de la predicación en aquellos que aceptan ser sus discípulos.

De este poder se derivará la misión que, a continuación, va a encomendar a los suyos. Misión que es, a la vez, una orden y una fuerza, un mandato y una gracia para realizarla. Esta gracia conducirá a los discípulos a la conquista del mundo. Pero no a una conquista dominadora. Se trata de una penetración espiritual que respetará la libertad de cuantos la reciban. “Vayan, pues, y hagan discípulos de todos los pueblos…”. Hay que romper ya el estrecho círculo de Israel al que hasta ahora nos hemos limitado. Habrá que emprender el camino de las naciones, porque todas pueden convertirse en campo de siembra y recolección, en todas hay ovejas que pueden y deben formar parte de este redil. El horizonte se ensancha. Los apóstoles harán lo que Jesús solamente ha comenzado. Porque ahora Él se va al Padre.

Nos enseña el Catecismo: “Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Para lograrlo, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo como Redentor y Salvador. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada. Para que esta llamada resonara en toda la tierra, Cristo envió a los apóstoles que había escogido, dándoles el mandato de anunciar el Evangelio”.

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús.

Jesús señala después las tres grandes tareas de este ministerio apostólico, unidas las tres en la función de elevar la humanidad hacia Dios. Y no hacia un Dios abstracto, sino al Dios personal cuya vida deberán compartir cuantos crean en Cristo.

La primera tarea es una enseñanza doctrinal: “…hagan discípulos…”. Los apóstoles debe­rán mostrar la revelación a las naciones, trasmitir cuanto el Maestro les ha enseñado. Los espíritus tendrán que ser abiertos para que puedan saltar desde el materialismo a la fe.

La segunda tarea es de manifestación de lo sagrado: “… bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…”. Los hombres no son espíritus puros. No bastará, por tanto, iluminar sus mentes. La iniciación intelectual habrá de ir acompañada por una iniciación sacramental en la que lo sensible ‑un agua que cae sobre las cabezas‑ sea signo visible de lo espiritual ‑una participación de la vida de Aquel en quien se cree.

El poder pascual de Jesús se manifiesta en la misión de la Iglesia, que es extensión de las relaciones de las Tres divinas personas con la humanidad. Dice San Cesáreo de Arlés: “La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad”.

¿Vivo mi bautismo? Los que viven conmigo, mi familia, mis colegas de trabajo, mis amigos, ¿pueden presentir lo que es el amor del Padre, del Hijo y del espíritu a través de mí?

Pero tampoco bastará con mostrar la revelación y bautizar: los que crean, tendrán que trasformar su vida y, para ello, los apóstoles tienen que ir enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.No será suficiente conocer teóricamente sus enseñanzas; los creyentes tendrán que ser transformados, deberán participar de una nueva vida interior.

Junto a la orden y la misión, los apóstoles reciben una promesa, la más decisiva e importante: Jesús seguirá con ellos:Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.¿Qué presencia es ésta que promete? No es simplemente esa con la que Dios está en todas partes. Jesús habla aquí de una presencia especial; habla como un jefe y un amigo que se queda, como un hermano, entre los demás. Ahora volverá a su gloria, pero, de un modo misterioso, seguirá entre los suyos. Su Iglesia recién nacida no quedará huérfana.

Por esta presencia permanente de Cristoorar es siempre posible para nosotros. Nos comenta San Juan Crisóstomo: “Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina, intenten elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón”.

A partir de esta hora, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia. La Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos. Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano.  Es apostólica porque fue y permanece edificada sobre el fundamento de los Apóstoles, testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo.

Señor, tú estás siempre conmigo, quiero descubrirte, quiero anunciar el Evangelio, quiero trabajar contigo. ¡Que nunca te abandone!

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