La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO XIII DEL T. ORDINARIO, 2 de Julio de 2017


Mateo 10,37-42

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.

El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.

El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.

El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá, y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús se presenta a sí mismo como el comienzo y la plenitud del Reino que anuncia. Por eso pide una adhesión sin reservas a su persona como una obligación de la humanidad entera.

En aquél tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “El que quiere a su padre o su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o su hija más que a mí no es digno de mí”.

Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos, ni son decisivos para valorar a los hombres. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencernos de que la vocación primera como cristianos es seguir a Jesús. Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales. Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya, para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle, para ir al encuentro del Esposo que viene. Cristo mismo invitó y sigue invitando a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo.

“Y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”.

Es necesario vencerse a sí mismo y llegar, si es preciso, hasta la muerte por Cristo. Cristo nos invita a seguirle tomando a su vez su cruz. Él ha venido para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado y da la fuerza y la gracia para vivir como sus discípulos en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces, la conversión de nuestro corazón se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho, el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia.

Dice San Gregorio: “De dos modos podemos tomar nuestra cruz: mortificando nuestra carne, o sintiendo en nosotros y como nuestras las aflicciones de nuestro prójimo”.

“El que trate de salvar su vida la perderá, y el pierda su vida por mí la salvará”.

El Hijo de Dios se hizo hombre para ser nuestro modelo de entrega: Él es el modelo y la norma de la Ley nueva del amor. Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo. Sin la ayuda de la gracia, los hombres no sabemos  vivir la llamada a la santidad. Hemos de andar el camino de la caridad, es decir, del amor de Dios y del prójimo. La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo. El que no sacrifica su vida temporal por Cristo, perderá la eterna; el que afronta la muerte por Cristo, vivirá eternamente.

¿Cómo estoy entregando mi vida? ¿Cómo quiero entregar mi vida?

Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, llamó a los que él quiso para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar. Desde entonces, serán sus enviados. En ellos continúa su propia misión, que será permanente, que harán primero con Cristo  y luego sin Él. Los Apóstoles son testigos y representantes auténticos de Cristo. Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: “El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado”. Serán más que simples portadores de un mensaje, serán auténticos actores de la obra de Dios. Los fieles, recordando estas palabras del Señor a sus Apóstoles, reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus sacerdotes, verdaderos sucesores de los Apóstoles, les dan de diferentes formas.

“El que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo; el que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, le aseguro que no perderá su recompensa”.

Cristo murió por amor a nosotros. El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos, que nos hagamos prójimos del más lejano, que amemos a los niños y a los pobres como a Él mismo.

Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. El deber de hacernos prójimos de los demás y de servirlos activamente se hace más acuciante todavía cuando éstos están más necesitados en cualquier sector de la vida humana. Nuestra actitud con respecto al prójimo, sobre todo con los “pequeños”, en los que debemos reconocer a Cristo, revelará nuestra acogida o rechazo de la gracia y del amor divino.

El día en que su madre la reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo”.

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