La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO 14º ordinario, 9 de julio de 2017


Mateo 11,25-30

En esa oportunidad, Jesús dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

“Dijo Jesús: “Yo te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Si Padre: así te ha parecido mejor”.

Aquí Jesús habla por experiencia. La experiencia que tenía era que los doctores y fariseos le rechazaban y la gente sencilla lo aceptaba. Los humildes lo escuchaban con corazón abierto y buena voluntad. Debemos prestar atención para entender qué fue precisamente lo que quiso decir Jesús con estas frases.Está muy lejos de condenar la capacidad intelectual, lo que condena es el orgullo intelectual. Lo que le cierra la puerta a Jesucristo no es la inteligencia sino el orgullo. Lo que le abre el corazón no es la ignorancia sino la humildad. Jesús no dice que donde más ignorancia haya habrá más fe, sino donde más humildad exista. Una persona puede tener la sabiduría, inteligencia, imaginación e instrucción,  y sin embargo, cerrarle a Cristo la puerta de su alma porque le falta la humildad, la sencillez de corazón.

En este pasaje nos quiere recordar Jesús cuáles son las preferencias de Dios, y que Él puede comunicar sus sublimes conocimientos a todos aquellos que sean lo suficientemente humildes y tengan la suficiente confian­za para recibirlo.

Dice Santa Teresita: “No, no son mis deseos de martirio los que me obtienen los favores especiales de Dios. La razón es otra. La razón es que yo procuro conservarme pequeña ante los ojos de Dios, y a los pequeños El les concede todas sus preferencias”.

Quizás de nosotros se podrá decir todo lo contrario: la causa por la cual Dios no nos da gracias especiales es porque nos creemos algo, porque hemos crecido en el orgullo y en la autosuficiencia.

“Todo me lo ha entregado mi Padre: y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

San Juan Crisóstomo explica así este pasaje: “Era como decirles a sus discípulos que se alegraban de haber expulsado los demonios y de haber hecho otros prodigios: “¿Por qué se maravillan de que les obedezcan los demonios? Todo es mío. Todo me ha sido entregado por mi Padre””.

Es como decirnos a nosotros: ¿por qué maravillarse de que en mi nombre logren obrar prodigios y conseguir lo que nunca habían imaginado? ¿No recuerdan que todo me lo ha entregado mi Padre?

Y añade otra gran verdad: Que Él es soberano de todas las cosas porque conoce al Padre y es de su misma sustancia.

Muy importante la noticia de que el Hijo conoce perfectamente al Padre, porque los judíos se escandalizaban creyendo que ciertas enseñanzas de Jesús iban contra lo que el Padre enseñaba en el Antiguo Testamento. Ahora ya saben que el Único que conoce perfectamente entre los humanos qué es lo que quiere el Padre, es Jesús, y por eso lo que afirma Él, siempre está totalmente de acuerdo con lo que afirma el Padre Dios.

Y en seguida nos da otro mensaje de enorme importancia: Si alguno quiere conocer al Padre, lo que piensa, cómo es, qué hace, cómo nos ama… el único camino es creer y amar a Cristo: nadie llegará a conocer al Padre si el Hijo no le concede ese gran favor, si el Hijo no se lo revela.

Desde ahora no nos queda otro camino más seguro que el de pedirle al Hijo esa gracia formidable: que nos revele al Padre, que nos conceda conocerlo. Le tenemos que decir: “Señor muéstranos al Padre”, haz que lo vayamos conociendo cada día más y mejor.

Pero El nos dirá: “El que me ha visto a Mí, ha visto a mi Padre “(Juan 14,9). Cuanto más queremos conocer al Padre, tanto más debemos tratar de conocer al Hijo, estudiando y meditando su vida y sus palabras en el Evangelio. Y no olvidar que “en esto consiste la vida eterna: en que te conozcan a Ti, oh Padre, y a tu enviado Jesucristo” (Jn. 17,3).

Señor Jesús: que te conozcamos cada día más y que tu bondad nos haga conocer a tu Eterno Padre.

Jesús habla a quienes se esfuerzan por encontrar a Dios y se empeñan con todas sus fuerzas en ser buenos y en cumplir lo que Dios manda, pero se encuentran con que es algo extremadamente difícil por la debilidad de la voluntad, y caen fácilmente en el desaliento y en la falta de ánimos para seguir luchando en el camino de la santidad. Como nos pasa a nosotros.

“Vengan a Mí todos los que están cansados y agobiados”.

A las personas que están cansadas en su trabajo de buscar a Dios y de comunicarlo a los demás, se dirige Jesús en primer grado. A Dios no se logra llegar con el sólo esfuerzo humano. A Dios se llega yendo a donde Cristo a que nos ayude en este trabajo. Idéntica cosa podemos decir respecto de llevar el mensaje de Dios a otras almas: si lo tratamos de hacer por nuestras solas fuerzas sucumbimos en la tarea. Pero Jesús nos dice: “Vengan a Mí”, y con su ayuda sí lograremos trabajar sin desfallecer en esta labor mil veces bendita de hacer que otros conozcan, crean y amen más a nuestro Dios.

Jesús se convierte en nuestro Cireneo cada día si le pedimos que venga a darnos una mano en esta fatigosa labor de llevar las cruces de sufrimientos diarios. “Si no fuera porque Jesús viene en mi ayuda, yo no sería capaz de soportar estos dolores”, decía Sta. Teresita moribunda.

Señor quiero ir a Ti, especialmente cuando esté cansado o agobiado. Iré a Ti con mi oración, y con mi confianza total en tu poder y en tu bondad.

“Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán  descanso, porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

Los israelitas llamaban “Yugo” a las obligaciones que imponía la ley de Moisés. A los Diez Mandamientos, y a los deberes que cada día hay que cumplir. Jesús dice: “Mi yugo es llevadero”, es bien adaptado a cada uno. En Palestina el yugo se hacía de madera, se llevaba al buey que lo iba a soportar y se le medía sobre su nuca para que le quedara bien adaptado y no lo fuera a lastimar. Se pulía hasta que se adaptara bien al cuello del buey y no le causara molestias excesivas y no le hicieran sufrir más de lo conveniente o más de lo necesario.

La vida que vivimos, si nos dejamos guiar por las enseñanzas del Evangelio será una carga que nos lastimará lo menos posible. Tendremos penas, trabajos y contrariedades, pero todo proporcionado a nuestras fuerzas, y siempre iremos por el camino, iluminados con la luz de la Palabra, fortalecidos con la fuerza de los ejemplos de Cristo, y animados con la esperanza robustecedora del premio que nos espera al final cuando se abra el libro de cada uno y se dé a cada cual lo que ha ganado con sus fatigas. Envíenos Dios lo que nos envíe, ya sabemos que si viene de sus manos está bien adaptado a nuestras capacidades. Lo malo es buscar nuevos yugos con nuestros pecados, porque los yugos que vienen del mal espíritu sí despellejarán nuestros hombros. Dios tiene una tarea para cada uno de nosotros que está hecha a nuestra propia medida. Bendito sea El para siempre por este detalle tan paternal.

“Mi carga es ligera”. No es que la carga resulte fácil de llevar, sino que el poder de nuestro Dios nos da robustez espiritual para subir hasta la cumbre de la eternidad con esa cruz de cada día. Él nos da amor para hacer los trabajos que tenemos que hacer y, como dice San Agustín: “Donde hay amor no se siente el peso de la labor, y si se siente se soporta con el gozo y el valor que produce el amor”.  “Cárceles, grillos, cadenas, no hay tantas en la ciudad como las que yo deseo sufrir por salvarlas almas”, exclamaba San Ignacio de Loyola. Cuando sabemos que estos trabajos que hacemos o sufrimos los ve Cristo y los convierte en Salvación para nosotros mismos y para otros, nuestra carga se convierte en una canción. Las cargas que impone Jesús se sienten mucho más livianas porque Él infunde el amor que las hace adaptadas y llevaderas.

Hay que ir a Jesús. Porque ¿de qué te sirve tener un millonario amigo si tú estando en la miseria no vas a pedirle ayuda? ¿De qué te valdrán todos los remedios del hospital si estando enfermo no pides que te los proporcionen?

Jesús es quien nos puede dar lo que tanto anhelamos: “Y encontrarán descanso”. El descanso del Corazón de Cristo “manso y humilde” en esta tierra y paz en la eternidad feliz, junto al Padre, al Hijo y al Divino Espíritu.

Una respuesta a “EVANGELIO DEL DOMINGO 14º ordinario, 9 de julio de 2017

  1. andrea 3 \03\UTC julio \03\UTC 2011 en 7:07 PM

    bueno io creo que dentro de una persona hay un corazon blando por que hai veces que nosotros fingimos ser otros y cuando estamos solos o con nuestras madres somos otras personas

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