La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO 22º Ordinario, 3 de septiembre de 2017


Mateo 16,21-27

A partir de ese día, Jesucristo comenzó a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley lo iban a hacer sufrir mucho, que incluso debía ser ejecutado y que resucitaría al tercer día. Pedro lo llevó aparte y se puso a reprenderlo: «¡Dios no lo permita, Señor! Nunca te sucederán tales cosas.»Pero Jesús se volvió y le dijo: «¡Retírate y ponte detrás de mí, Satanás! Quieres hacerme tropezar. Tus ambiciones no son las de Dios, sino las de los hombres.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que sacrifique su vida por causa mía, la hallará. ¿De qué le serviría a uno ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo? ¿Qué dará para rescatarse a sí mismo? Sepan que el Hijo del Hombre vendrá con la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

En un momento crucial, cuando Jesús acaba de obtener de sus discípulos la primera profesión de fe en su divinidad, el Señor anuncia por primera vez a sus testigos su pasión, muerte y resurrección. El mesianismo que soñaba Pedro y los discípulos  no contemplaba lo que Jesús les va a decir: “Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por causa de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Al glorioso papel del Mesías, une el, doloroso papel del Siervo sufriente. El verdadero Mesías es éste. Es Jesús mismo quien explica quién es Él. Sólo Él conoce su propio misterio, su verdadera identidad. Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación.

Este anuncio siembra el desconcierto en los discípulos, la decepción y el rechazo. Ni siquiera el anuncio de la resurrección les tranquiliza. Y es el apóstol Pedro el que lo manifiesta en nombre de todos. “Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo. ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no te puede pasar”. En la mentalidad de san Pedro no cabe la idea del fracaso de Jesús. Para él Jesús es un Mesías victorioso por la fuerza humana, que debe ser reconocido por todos. Su misión no puede acabar con la muerte. No había entendido todavía que el Señor debía sufrir y morir.

Sabemos y vemos que también hoy,  nosotros los cristianos, llevamos aparte al Señor para decirle: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no te puede pasar.” Y como dudamos de que Dios lo quiera impedir, tratamos de evitarlo nosotros mismos con todas nuestras fuerzas. Nuestro problema es que seguimos pensando según los criterios de este mundo y no según Dios.

“Jesús se volvió y dijo a Pedro: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar, tú piensas como los hombres, no como Dios”. Jesús dirige a Pedro las palabras más duras del evangelio, semejantes a las usadas para expulsar a los demonios, las más duras que se puedan decir a un hombre. Pedro se convierte en tropiezo, en obstáculo, en tentación, como si asumiera el papel de Satanás, porque quiere alejarle de su pasión. Le quedaba mucho por madurar. Todavía su pensamiento era muy mundano. Por eso, el Señor le increpa y le invita a tomar la actitud del verdadero discípulo: seguir al Maestro en el camino que éste ha de recorrer.

El apóstol san Pedro es fiel reflejo de lo que nos sucede a nosotros. Cuando las cosas salen bien somos capaces de confesar a Jesús cono Dios. Pero cuando nos visitan las adversidades, el sufrimiento, la incomprensión, no aceptamos de buen grado el camino que recorre Jesús.

Comenta el Papa Benedicto XVI: “¿No decimos una y otra vez a Jesús que su mensaje lleva a contradecir las opiniones predominantes, y así corre el peligro del fracaso, el sufrimiento, la persecución? Interpretar el cristianismo como una receta para el progreso y reconocer el bienestar común como la auténtica finalidad de las religiones, también de la cristiana, es la nueva forma de la misma tentación”.

“Entonces dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí; la encontrará. Jesús añade ahora una enseñanza sobre el camino que han de seguir todos sus discípulos. El camino es Él mismo. Es un camino que nos lleva a perder la vida por Jesús para encontrarnos y entendernos a nosotros mismos y salvarnos. Jesús llama a sus discípulos a tomar su cruz y a seguirle porque Él antes sufrió por nosotros dándonos ejemplo para que sigamos sus pisadas. Él va por delante y quiere asociarnos a su sacrificio redentor a aquellos mismos que somos sus primeros beneficiarios.

A nosotros nos cuesta también mucho aceptar este programa salvador de Dios, que reconcilia consigo a la humanidad asumiendo Él mismo el dolor y la muerte, con la entrega total de su Hijo. Todos nosotros necesitamos ser instruidos continuamente por el Señor para que seamos conscientes de que su camino no es camino de gloria y poder de este mundo, sino camino de olvido y negación de sí mismo, de lucha contra nuestras malas tendencias, camino de penitencia y de cruz y,  lo más bonito, de vivirlo todo con  Él.

Todos los cristianos auténticos  lo han entendido así. “Hay que seguir desnudos al Cristo desnudo”, clamaba san Jerónimo.  Inventarse un cristianismo aguado, sin cruz, es ignorarlo todo sobre Cristo. Y no es esta invitación de Jesús a la tristeza. La verdadera cruz nos habla de ese dolor que surge del verdadero amor. La cruz es una bendición. San Agustín lo dijo bellamente: “Los hombres signados con la cruz pertenecen ya a la gran casa.” “Esta es la única verdadera escala del paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo”, añade Santa Rosa de Lima.

 “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” A menudo, el término “vida” designa en la Sagrada Escritura toda la persona humana. Pero designa también lo que hay de más íntimo en el hombre y de más valor en él, aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: el alma, el principio espiritual en el hombre.

La fe en Dios y el seguimiento de Cristo nos lleva a usar de todo lo que no es Él en la medida en que nos acerca a Él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de Él. “¡Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti! ¡Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti! ¡Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a ti”, oraba San Nicolás de Flüe.

Para salvarse hay que perder. La renuncia cristiana no es un fin en sí misma, es la condición para una vida en plenitud. ¡Por la renuncia y la cruz, Jesús nos propone un desarrollo, una expansión de vida total y eterna!

¿Qué clase de bienes estoy deseando: los del mundo que pasan y se pierden, o los de la verdadera vida, los de la vida eterna?

¡Señor, no permitas jamás que por pretender ganar lo del mundo perdamos nuestra vida de gracia y la paz del alma!

“¿O qué podrá dar para recobrarla?”  El Espíritu Santo es nuestra Vida: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más obramos también según el Espíritu. Es el Espíritu el que nos hace recobrar nuestra vida de gracia. “Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna” (San Basilio Magno).

“Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. Jesús nos asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. El Señor habla de un último destino del alma que puede ser diferente para unos y para otros. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre. “A la tarde te examinarán en el amor”, decía San Juan de la Cruz.

Jesús nos hace una advertencia muy seria. Nos espera un juicio del cual nadie se logrará librar. Nuestra vida va a desembocar en un balance final, en una rendición de cuentas. Quienes sacrificaron sus vidas para la gloria de Dios, extensión del Reino de Cristo y mayor bien de sus prójimos, esos sí ganaron la vida eterna.

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