La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO 28º Ordinario, 15 de octubre de 2017


Mateo 22,1-14

«Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo:
“El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas’. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren’. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. ‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos”».

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas. Por medio de esta parábola nos invita al banquete del Reino. La parábola del banquete de bodas es una alegoría en la que se nos da una lección: el rey es Dios; el banquete de bodas es la felicidad del cielo, ya que el novio es el Hijo del Rey, el Mesías, el Hijo de Dios; los enviados son los profetas y los Apóstoles; los invitados que no aceptan la invitación son el pueblo de Israel;  los que son llamados de los caminos son los pecadores y los paganos; el incendio de la ciudad es la ruina de Jerusalén; el invitado que acude al banquete sin el traje de fiesta es el que responde a Dios sin las obras de la caridad que deben acompañar  a la fe.

“En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del  pueblo: El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo”.

Jesús se presenta como el Esposo, Hijo de Dios, a cuyo banquete nupcial invita el Padre a todas las gentes. Dios sueña con una fiesta universal para toda la humanidad, una fiesta de bodas, por la alegría de la redención de la humanidad por medio de los esponsales con el Hijo de Dios. La esposa es la Iglesia, adquirida por la sangre de Cristo. Es condición indispensable para nuestra felicidad ser partícipes de estas bodas. Ellas son el camino único y verdadero para llegar a las bodas definitivas y eternas del cielo.

 “Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir”.

El Padre invita, llama, propone, ama. Y cada uno estamos invitados a responder a esa llamada, a ese amor, a esa relación con Dios. Los criados son los distintos antiguos profetas del Antiguo Testamento, los Apóstoles y discípulos de Cristo. La respuesta de muchos es negativa, antes y ahora.

Los convidados que no quieren participar de la boda son todos aquellos que rechazan la predicación de Jesús, los indiferentes a Dios, los que no quieren gustar los manjares del Señor que se les ofrecen en la Iglesia: Las Sagradas Escrituras, los sacramentos, la devoción a la Virgen María y a los santos…

“Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Vengan a la boda”.

Dios movido por su bondad infinita y apelando a los beneficios que les esperan a los que acepten la invitación, llama con insistencia y envía nuevos criados, que fueron los Apóstoles después de la Ascensión, anunciando que ya estaba preparado todo lo relativo al gran banquete de las bodas del Hijo de Dios hecho hombre con la Iglesia: el Cordero inmolado para la redención y santificación del mundo, instituidos los sacramentos, abiertas las fuentes de la gracia.

“Los invitados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; otros agarraron a los criados y los maltrataron hasta matarlos”.

Es indigna la conducta de los invitados, altiva y groseramente despreciaron la invitación. Prefirieron vivir despreocupados de Dios, entregados a sus intereses y placeres, absorbidos por sus negocios terrenos. Otros se rebelaron contra los enviados del Rey. Así ocurrió en los tiempos de los profetas y así ocurre ahora, en tiempo de la Iglesia.

“El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad”.

Es la predicción de la ruina de Jerusalén por el ejército de Tito y Vespasiano.  Dios nos habla a través de los acontecimientos de la historia, porque es el Rey de la historia.

“Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los invitados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren invítenlos a la boda”.

Los caminos representan las distintas maneras de vivir de los hombres, buenas o malas. Nadie puede desesperar, pues no existe condición ajena al cristianismo, porque ante Dios no hay acepción de personas. Todos están llamados a la felicidad de Dios.

“Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de invitados”.

Así es la Iglesia, una comunidad de hijos de Dios, mezcla de toda clase de razas y condiciones sociales, pueblo de buenos y malos, de pecadores y santos, de trigo y de cizaña. El Padre quiere salvar a todos, por eso invita a todos.

“Cuando el rey entró a saludar a los invitados, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”.

Pero no basta entrar en la Iglesia. Si Dios llama  es a condición  de que los invitados trabajen por su santidad personal. Para entrar en el reino hay que revestirse de Cristo, revestirse del hombre nuevo. El vestido de fiesta es la santidad cristiana, la vida ajustada a Jesús. La salvación no es automática. Hay que corresponder cada día a la gracia de Dios, al don de Dios.

“Entonces el rey dijo a los sirvientes: Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Nadie puede huir de la justicia divina. El que se ata libremente al pecado acaba en las tinieblas, en la pena de daño, excluido del reino de la luz y la paz eternas; en la pena de sentido, sin alivio, sin esperanza, en medio de tormentos y dolor eterno.

Como no sabemos el día ni la hora, es necesario que estemos en vela. Para que cuando acabe nuestra carrera en esta vida merezcamos entrar con Él en la boda del cielo y ser contados entre los santos.

Jesús acaba su parábola con estas palabras: “Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Palabras que se aplican a los hombres y mujeres del pueblo de Israel que acogieron el Evangelio; se aplican a los de los otros pueblos que en pequeño número han entrado en la Iglesia; y pueden también aplicarse a los que perteneciendo a la Iglesia se salvan.

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