Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo 13 de Enero: El Bautismo del Señor


Lc 3,15-16.21-22

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.

Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
Obispo de la Prelatura de Moyobamba (Perú).

Jesús en el seno de su familia, en el pueblo de Nazaret, fue creciendo, aclimatándose a la vida y a las costumbres de su tierra. Fue adolescente y joven. Fue madurando su personalidad. Se ganaba la vida como carpintero, artesano, y llegando a los treinta años dio comienzo a su vida pública con su bautismo por Juan en el Jordán. Toda la vida de Cristo expresa su misión: Servir y dar su vida en rescate por muchos.

El Bautista preparaba los corazones de sus oyentes para acoger al Mesías con una conversión de vida, e invitaba a recibir un bautismo de agua como signo de purificación de los pecados y conversión. En aquel tiempo, el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: Yo les bautizo con agua, pero viene uno que es más fuerte que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias”.

Juan Bautista, que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías, anuncia a Cristo: “Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. El fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo, transforma todo lo que toca. Es el Espíritu del cual Jesús dirá: “He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!” (Lc 12, 49). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo.

“Un día, cuando se bautizaba mucha gente”. Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas viene a hacerse bautizar por él. Entonces aparece Jesús. El Bautista duda. Jesús insiste y “también se bautizó”. El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero. Se deja contar entre los pecadores; es ya el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y carga con el pecado de las multitudes; anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta. Viene ya a cumplir toda justicia, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados.

“Y mientras oraba, se abrió el cielo”, que el pecado de Adán había cerrado. El Evangelio según San Lucas subraya el sentido de la oración en el ministerio de Cristo. Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de Él en su Bautismo. La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.

“Bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma”. Esta imagen evoca a la de la paloma soltada por Noé que vuelve con una rama tierna de olivo en el pico, signo de que la tierra es habitable de nuevo El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a posarse sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad.

A la aceptación de Jesús de la voluntad del Padre responde la voz de Éste que pone toda su complacencia en su Hijo: “y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. Es la manifestación, “Epifanía”, de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

Las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

Por el Bautismo, los cristianos nos asimilamos sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debemos entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirnos, en el Hijo, en hijos amados del Padre y vivir una vida nueva.

Dice San Gregorio Nacianceno: “Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él”. Y añade San Hilario de Poitiers: “Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios”.

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