Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo VII del Tiempo Ordinario, 24 de febrero de 2019


San Lucas 6,27.38

“Yo les digo a ustedes que me escuchan: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan. Al que te golpea en una mejilla, preséntala también la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Al que te pide, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieren que ellos les traten a ustedes. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Hasta los malos aman a los que los aman. Y si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué gracia tiene? También los pecadores obran así. Y si prestan algo a los que les pueden retribuir, ¿qué gracia tiene? También los pecadores prestan a pecadores para que éstos correspondan con algo. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los pecadores. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará; se les echará en su delantal una medida colmada, apretada y rebosante. Porque con la medida que ustedes midan serán medidos ustedes.”

Comentario al evangelio

Por Mons. Rafael Escudero López-Brea

Obispo prelado de Moyobamba

La propuesta de Jesús rompe muchos esquemas, va mucho más allá de lo que llamamos justicia en las relaciones humanas. Una justicia que está hecha de leyes y normas, y que tiene en cuenta la reciprocidad: Ya que tú me amas y me valoras, yo te correspondo en la misma medida. El Señor rompe esta dinámica.

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: A los que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los injurian”.

Todos los bautizados son discípulos de Jesús y están llamados a escúchalo y a imitarlo. Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía “enemigos” (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos. El amor de los cristianos ha de llegar hasta “a sus enemigos”, el bien han de hacerlo “a los que los odian”, han ser una bendición y han de bendecir “a los que los maldicen” y orar por “los que los injurian”, pues el odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. La fe, la caridad y la oración transfiguran al discípulo configurándolo con su Maestro. El amor es cumbre de la vida cristiana; el don de la caridad no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí. No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino.

Ahora el Señor añade unos consejos, que ilustra con ejemplos dramáticos, para que sepan sus discípulos soportar las injurias que reciban en el cuerpo, en los bienes materiales y en el honor: “Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjale también la túnica”. Debemos, además, estar dispuestos al sacrificio de los bienes materiales para conservar la caridad. Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: “A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames” si tiene verdadera necesidad de ello. Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres.

Otro motivo de practicar la caridad para con los enemigos es la perfección de la ley del Evangelio sobre la común ley humana del amor: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Pues, si aman sólo a los que los aman, ¿qué merito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacen el bien sólo a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores lo hacen. Y si prestan sólo cuando esperan cobrar, ¿qué merito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo”.

El discípulo de Jesús se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen que su decisión sea difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina. Para esto, el cristiano se esfuerza por interpretar los datos de la experiencia y los signos de los tiempos gracias a la virtud de la prudencia, los consejos de las personas entendidas y la ayuda del Espíritu Santo y de sus dones.

En todos los casos son aplicables algunas reglas: Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien. Hemos de tener en cuenta la “regla de oro”: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten”. La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y hacia su conciencia: “Pecando así contra sus hermanos, hiriendo su conciencia…, pecan contra Cristo” (1 Co 8,12). “Lo bueno es no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad” (Rm 14, 21).

La Ley del Evangelio entraña la elección decisiva entre el camino que nos marca el mundo y la práctica de las palabras del Señor.

 “Más bien, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada; tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos”.

Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre. Vivió siempre en perfecta comunión con Él. De igual modo sus discípulos son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad y son invitados a vivir bajo la mirada del Padre para ser “perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Este “como” de la enseñanza de Jesús: “Sean compasivos como es compasivo su Padre” no podemos participarlo observando el mandamiento del Señor desde fuera. Se trata de una participación, vital y nacida del fondo del corazón, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios.

Para Jesús la misericordia  debía ser el centro de la virtud por eso pide a los hombres que “sean compasivos como es compasivo su Padre”; por eso anuncia tajantemente: “no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; Sólo el Espíritu que es nuestra Vida puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible: “perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: recibirán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.

Si somos conscientes de nuestras debilidades y pecados, incluso de los pecados veniales, esto nos ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarnos curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Recibiremos el don de la compasión del Padre, y nos veremos impulsados a ser como Él, también nosotros, compasivos. Es en el fondo del corazón donde todo se ata y se desata. El corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.

San Agustín nos dice: «Quien confiesa y se acusa de sus pecados hace las paces con Dios. Dios reprueba tus pecados. Si tú haces lo mismo, te unes a Dios. Hombre y pecador son dos cosas distintas; cuando oyes, hombre, oyes lo que hizo Dios; cuando oyes, pecador, oyes lo que el mismo hombre hizo. Deshaz lo que hiciste para que Dios salve lo que hizo. Es preciso que aborrezcas tu obra y que ames en ti la obra de Dios. Cuando empiezas a detestar lo que hiciste, entonces empiezan tus buenas obras buenas, porque repruebas las tuyas malas. Practicas la verdad y vienes a la luz».

“Porque con la medida que ustedes midan serán medidos”.

Dios nos medirá según nuestra medida para con los demás, medida no de igualdad, sino de generosa proporcionalidad. La generosidad dispensada al prójimo atrae sobre nosotros las bendiciones del cielo y la abundancia de los bienes divinos, con ese exceso en la recompensa que pertenece a los dones de Dios, en relación con los hombres.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: