Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

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COMENTARIO DEL EVANGELIO DE HOY 22-01-2019 (San Marcos 2,23-28.)


“Porque el Hijo del hombre es Señor del sábado”

El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado… A los principios la ley del sábado era útil en muchas y graves cosas. Así, por ejemplo, hacía que los hombres fueran mansos y humanos con sus parientes, les enseñaba la providencia de Dios, la creación… Si cuando puso Dios la ley del sábado les hubiera dicho: haced obras buenas el sábado y no obréis la maldad, el pueblo no habría guardado esa ley. Por tal motivo, lo vedó todo y dijo: Nada haréis. Y ni aun así se mantuvieron en el orden. Cuando Dios puso la ley del sábado, oscuramente dio a entender que su deseo era solamente que se abstuvieran de lo malo. Dijo: No haréis obra alguna fuera de lo tocante a aderezar lo que cada cual haya de comer? En cambio, en el templo se hacían todas las obras con mayor empeño y doble trabajo. De este modo, mediante la sombra les iba descubriendo la verdad (cf Col 2,17). Preguntarás: entonces ¿toda aquella ganancia la suprimió Cristo? De ninguna manera. Por el contrario, en gran manera la aumentó… no convenía tampoco ya por ese medio conocer que Dios es el creador de todas las cosas; ni ser así educados para la mansedumbre los que eran llamados a imitar la benignidad de Dios. Pues dijo Cristo: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial. Ni convenía que celebraran sólo un día festivo aquellos a quienes se ordenaba tener como festivos todos los días de la vida. Porque dice: Celebremos, pues, la festividad, no con la levadura vieja, no con la levadura de la malicia y la maldad, sino con los ázimos de la pureza y la verdad. No les conviene ya acercarse al arca y al altar de oro a quienes tienen habitando consigo al Señor de todos; al que para todo le hablan y le consultan por medio de la oración, el sacrificio, las Escrituras, las limosnas; al que llevan dentro de sí.

San Juan Crisóstomo (c. 345-407)

Presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia

Homilías sobre el Evangelio de Mateo, n° 39

FUENTE: http://evangeliodeldia.org

COMENTARIO DEL EVANGELIO DE HOY 07-12-2018 (San Mateo 9,27-31.) viernes de la primera semana de Adviento


“La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre.” (Jn 1,9)

    El día que hizo el Señor (Sal 118,24) penetra todo, contiene todo, abarca a la vez cielo, la tierra y el infierno. Cristo, la luz verdadera no se detiene ante los muros ni se quebranta por los elementos, ni se oscurece ante las tinieblas. La luz de Cristo es día sin ocaso, día sin fin; por todas partes resplandece, por todas partes penetra, en todas partes permanece. Cristo es el día, según el apóstol: “La noche está muy avanzada y el día se acerca.” (Rm 13,12) La noche está avanzada, dice, precede el día. Comprended aquí que desde que la luz de Cristo aparece, las tinieblas del diablo se dispersan y la noche del pecado se desvanece; el esplendor eterno echa fuera las sombras pasadas y cesa el progreso maléfico del mal. La Escritura afirma que la luz de Cristo ilumina el cielo, la tierra y los abismos. Brilla sobre la tierra: “El es la luz verdadera que ilumina a todo hombre.” (Jn 1,9) Brilla en los abismos: “A los que habitan en tierra de sombras una luz les ha brillado.” (Is 9,1) Y en los cielos, permanece la luz de este día, como lo dice David: “Su linaje será eterno; su trono como el sol en mi presencia.” (Sal 89,37)

San Máximo de Turín (¿-c. 420)

obispo

Homilía sobre el salmo 14; PL 57, 361-364)

FUENTE: http://evangeliodeldia.org

 

COMENTARIO DEL EVANGELIO DE HOY 04-10-2018 (San Lucas 10,1-12.)


 

Enviados por Cristo al mundo entero

«Nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, Cristo Jesús» (1C 3,11). Él es el único a quien «el Padre consagró y envió al mundo» (Jn 10,36), «reflejo de su gloria, impronta de su ser» (Hb 1,3), verdadero Dios y verdadero hombre; sin él nadie puede conocer a Dios como es debido, porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar» (Mt 11,27). De donde se sigue que «restaurar en Cristo» (Ef 1,10) y hacer volver a los hombres a la obediencia a Dios, son una sola y misma cosa. Y es por ello que el fin hacia el cual deben converger todos nuestros esfuerzos, es llevar al género humano a reconocer la soberanía de Cristo. Una vez hecho esto, el hombre se encontrará, por ahí mismo, llevado a Dios: no un Dios inerte y despreocupado de las realidades humanas, como algunos filósofos lo han imaginado, sino un Dios vivo y verdadero, un Dios en tres personas en la unidad de su naturaleza, creador del mundo, haciendo llegar a todas las cosas su providencia infinita, justo dador de la Ley que juzgará la injusticia y dará su recompensa a la virtud. Ahora bien, ¿dónde se encuentra el camino que nos hace llegar a estar junto a Jesucristo? Está delante de nuestros ojos: es la Iglesia. San Juan Crisóstomo ya nos lo dijo y con razón: «La Iglesia es tu esperanza, la Iglesia es tu salvación, la Iglesia es tu refugio». Es por esto que Cristo, después de haberla adquirido al precio de su sangre, la ha establecido. Es por esto que le ha confiado su doctrina y los preceptos de su Ley, prodigándole, al mismo tiempo, los tesoros de su gracia para la santificación y la salvación de los hombres. Ved pues, venerables hermanos, cuál es la obra que se nos ha confiado…: no tener otra meta que formar en todos a Jesucristo… Es la misma misión que Pablo atestigua haber recibido: «Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Gal 4,19). Ahora bien, ¿cómo cumplir con semejante deber sin antes estar «revestidos de Cristo»? (Gal 3,27). Y revestidos hasta el punto de poder decir: «para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21).

 

San Pío X (1835-1914)

Papa 1903-1914

Encíclica «El supremo apostolado»

FUENTE:es.catholic.net/

Evangelio del Domingo XX del Tiempo Ordinario, 19 de Agosto de 2018


Juan-6-51-58

San Juan 6,51-58

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”.

Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús predica en la sinagoga de Cafarnaúm. En una de sus muchas discusiones con los fariseos ha dicho una frase misteriosa:“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”. El pan del que Jesús habla es más que un pan material, es más que un simple mensaje espiritual, es más que una idea. Es una persona, Jesucristo mismo, que viene de Dios y que se convierte en alimento que da la vida al mundo. Porque Dios nos ama hasta el punto de dejarse comer por nosotros. Jesús precisa que no está hablando en forma metafórica, que Él es verdaderamente pan y que el que quiera salvarse tendrá que comer su carne.

En la comunión eucarística los fieles recibimos el pan del cielo y el cáliz de la salvación, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó para la vida del mundo.

“Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua “eucaristizados”, llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo” (San Justino).

Ante estas afirmaciones se escandalizan los judíos: “Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

 El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: Jesús les dijo: “En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes”Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar. Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede acercarse a él humildemente y con fe ardiente. Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles debemos observar el ayuno prescrito por la Iglesia. Por la actitud corporal, gestos, vestido,  se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo. La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico. Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte.

El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión nos purifica al mismo tiempo de los pecados cometidos y nos preserva de futuros pecados.

Comenta San Ambrosio: “Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio”.

Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales. Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él.

Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal.

Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos: “Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso” (S. Juan Crisóstomo).

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día”. Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona. A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección. Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre.

Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. ¿Cuándo? Sin duda al fin del mundo. La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1 Ts 4, 16).

“Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.

 Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les reveló el Misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan.  Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: “El que coma mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él”. La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús.

 La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí”.

“Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres, y murieron: el que coma este pan vivirá para siempre”. Jesús menciona el objetivo de su encarnación, ser alimento para nosotros por su sacrificio en la cruz.El maná les alimentaba por un momento, pero no les daba la inmortalidad.La presencia de Cristo actúa particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna.

«El pan que hemos de buscar es que la Virgen María parió en Belén. ‘Venid que yo os tengo a Dios humanado; ya os lo traigo hecho hombre blando. Venid que no lo quiero para mi sola, sino para todos’. Como un ama, cuando un niño no puede comer el pan, se lo moja en leche, para que esté blando y lo pueda comer, así la Virgen recibió a Dios puro y dánoslo humanado para que, pues antes era pan duro, Dios justiciero, lo recibamos blando, Dios humanado. De manera que, pues la Virgen tiene el pan, no nos moriremos de hambre» (San Juan de Ávila).

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