Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio | Domingo IX del Tiempo Ordinario | Mateo 9,36-10,8

En este IX Domingo del Tiempo Ordinario, Monseñor Rafael Escudero López-Brea, Obispo de la Prelatura de Moyobamba, presidirá la Celebración Eucarística en la Catedral de Moyobamba.

“Al ver Jesús a la gente” ¿Y qué es lo que siente Jesús ante la gente que le rodea?  Estamos penetrando en el mismo corazón de Cristo. ¿Qué experimenta Dios, el Todopoderoso, cuando, dejado el esplendor glorioso de su cielo, desciende a la tierra y se mezcla con el dolorido mundo de sus hijos? ¿Cómo contempla a esa humanidad doliente?

El evangelio resume su reacción ante las multitudes con la palabra “compasión”. Es la ternura del que, al sentirla, la comparte. La de quien se siente reblandecido por dentro, conmovido hasta las lágrimas, al ver que sufren los que ama: “y sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor”. El está solo, decaído, desanimado, fatigado, perdido. Vaga por la vida sin saber que vive. Vegeta en la vulgaridad porque ni tiene fuerzas para descubrir su propia grandeza. Vive como durmiendo. Por eso Jesús mira a la gente con una ternura inmensa.Como una madre que se inclina sobre sus hijos, buenos y malos, porque todos son suyos. Con una ternura compasiva que le llena de lágrimas los ojos.

“Entonces dijo a sus discípulos: La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”

Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús quiere una comunión muy íntima entre Él y los que le siguen.

“Rueguen”. La oración de fe consiste en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre. Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino. La visión de Jesús es muy amplia. El campo misionero se extiende hasta los extremos de la tierra. El Señor no ha querido realizarlo todo ni realizarlo solo. Por eso, consciente de que es mucho el trabajo y pocos los obreros, invitará a pedir al dueño de la cosecha que envíe más manos, más corazones, que vayan preparando la creciente llegada de ese Reino.Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino, porque la vocación apostólica es una gracia, un don de Dios.

La Iglesia no puede dejar jamás de rogar al dueño de la cosecha que envíe obreros a recogerla ni de dirigir a las nuevas generaciones una nítida y valiente propuesta vocacional, ayudándoles a discernir la verdad de la llamada de Dios para que respondan a ella con generosidad; ni puede dejar de dedicar un cuidado especial a la formación de los candidatos al sacerdocio.

“Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar los espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”.

Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres, a los que él quiso, en número de doce para estar con Él y participar en su misión; les hizo partícipes de su autoridad y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Desde entonces, serán sus enviados. En ellos continúa su propia misión.  Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia. Por tanto, su ministerio es la continuación de la misión de Cristo.

Lavocación de los doce se realizará plenamente luego de la resurrección de Cristo, con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Sin embargo, desde el principio Jesús quiere hacer partícipes a los Doce en su acción: es una especie de «aprendizaje» con vistas a la gran responsabilidad que les espera. El hecho que Jesús llame algunos discípulos a colaborar directamente en su misión, manifiesta un aspecto de su amor: El no desdeña la ayuda que otros hombres puedan aportar a su obra; conoce sus limitaciones, sus debilidades, pero no las desprecia, es más, les confiere la dignidad de ser sus enviados.

“Estos son los nombres de los doce apóstoles”.

El Señor Jesús eligió a varones para formar el grupo de los doce Apóstoles, y los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su tarea. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación.

 En el grupo de los Doce, Simón Pedro ocupa el primer lugar. Jesús le confía una misión única. Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos.

El Señor dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta el fin del mundo. Con todo esto, Cristo prepara y edifica su Iglesia.

“A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones”: “No vayan a tierra de paganos, ni entren en las ciudades de Samaría, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel”.

Las consignas del Señor versan sobre el comportamiento de los predicadores de la palabra de Dios, sus actitudes. Porque el reino de Dios se anuncia ante todo por el modo de vivir de los misioneros. El Señor envía a sus discípulos a los caminos del mundo, a las casas de los hombres hermanos, para hacerles llegar el gran mensaje, el gran acontecimiento: el Reino de Dios ha llegado, está muy cerca. Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel. 

“¡Vayan y proclamen que el Reino de los cielos está cerca!”

Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo. Acoger la palabra de Jesús es acoger «el Reino». El germen y el comienzo del Reino son el pequeño rebaño de los que Jesús ha venido a convocar en torno suyo y de los que Él mismo es el pastor. La venida de Jesús es la llegada del Reino de Dios, el comienzo de la posibilidad para los hombres, de ser verdadera y apasionadamente humanos, el inicio de esa otra historia en la que coinciden los caminos de Dios y los del hombre.

Como a aquellos discípulos también a nosotros nos envía para anunciar el mismo Reino de Dios, de modo que aquello que sucedió entonces siga sucediendo. Anunciamos un Reino que es Vida, un Nombre, y un Rostro concreto: Dios con nosotros, en nosotros y entre nosotros, Cristo

La misión apostólica tiene siempre que comprender los dos aspectos de predicación de la palabra de Dios y de manifestación de su bondad con gestos de caridad, de servicio y de dedicación.

«¡Curen enfermos!». La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos, como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna y de la Unción.

“Resuciten muertos”

“Limpien leprosos”

Esto es, purificar la mente humana, limpiar los ojos del alma oscurecidos por la ideología y por esto no pueden ver a Dios. No pueden ver la verdad y la justicia.

¡Expulsen demonios!”.

A la predicación se debe acompañar, según las instrucciones y el ejemplo dados por Jesús, la expulsión de los demonios.

Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó, de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar. En forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del Bautismo. El exorcismo solemne sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia.

“Lo que han recibido gratis, denlo gratis”.

Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de Él.

Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo. Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva anunciada a los pobres es el signo de la presencia de Cristo.