Comentario del Evangelio

Comentario del Domingo | III Domingo de Cuaresma | Juan 4,5-42

En este III Domingo de Cuaresma, Monseñor Rafael Escudero López-Brea, Obispo de la Prelatura de Moyobamba, presidirá la Celebración Eucarística en la Catedral de Moyobamba.

En el evangelio de este domingo Jesús se revela a través del símbolo del agua. Estamos ante una de las páginas más hermosas del cuarto evangelio. En el diálogo con la mujer samaritana Jesús desarrolla toda una catequesis, que llevará a la mujer a la fe en el Señor y al compromiso apostólico.

“En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio
Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo”.
Una de las características exclusivas de Cristo es que la entrega a su gran tarea no seca su corazón, no le fanatiza, no le hace olvidar las pequeñas cosas de la vida. En Él asistimos al desfile de todos los sentimientos humanos más cotidianos. Le vemos buscando como Buen Pastor a la mujer samaritana, metiéndose en territorio hostil arriesgándose a ser expulsado. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los hombres, conoce el hambre, la sed, el cansancio y la privación. Realmente es uno de nosotros.

“Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber”. En el diálogo que el Señor inicia con la mujer la conversación discurre desde la sed de Jesús que le pide de beber a la mujer hacia el agua que Él le ofrece a ella. La petición de Jesús a la samaritana expresa la pasión de Dios por todo hombre, también por cada uno de nosotros.La samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?  Porque los judíos no tienen trato con los samaritanos”.

“Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere a la Samaritana: “Agua viva”. El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo. El Espíritu es también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna. Agua que hace de los cristianos adoradores verdaderos capaces de orar al Padre en espíritu y en verdad.

El diálogo entre Cristo y la samaritana nos habla de la oración, del trato amistoso con el Señor. Nos enseña el Catecismo: “Si conocieras el don de Dios”. La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él, dice San Agustín. “Le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Nuestra oración de petición es paradójicamente una respuesta a Dios…, respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación, respuesta de amor a la sed del Hijo único”.

“La mujer le dice: Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo, ¿de dónde sacas esa agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Solo Jesús conoce el pozo que quita la sed para siempre por eso “le contestó: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed”.  La personahumana tiene una sed mayor que la sed biológica, tiene una sed que vas más allá del agua del pozo, pues busca una vida que va más allá de lo terreno. El ser humano sólo necesita y ansía una sola cosa: la vida plena, la felicidad. Jesús quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del “manantial que salta hasta la vida eterna”: es el manantial que no está sometido al principio de muerte y transformación que es propio de todas las criaturas. Es el don del Espíritu Santo. Es la gracia de Cristo. Es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla. Es la gracia santificante, recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza, de amor! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, riega los desiertos de nuestra alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

 “La mujer le dice: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. El agua es un bien muy preciado para los pueblos del desierto. También para el corazón de cada uno de nosotros, sedientos de felicidad y de sentido de la vida. Somos por naturaleza seres insatisfechos. Un ejemplo es la samaritana, que había tenido ya cinco maridos y un amante, y su corazón estaba sediento de cariño y de amor verdadero.

Jesús cambia el rumbo de la conversación y va ahora al fondo de la conciencia de la mujer y “le dice: Anda, llama a tu marido y vuelve”. La samaritana, que quiere esconder a Jesús su pecado de concubinato, le confiesa parte de la verdad: “le contesta: No tengo marido”. “Jesús”, que conoce hasta el fondo el corazón de la mujer, ni la reprende, ni la amenaza, sino que toma pie de su confesión parcial para alargarle la mano de su misericordia, y lleno de bondad, “le dice: Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el que ahora tienes no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.

La mujer”, impresionada de cómo Jesús conoce su vida, “le dice: Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lugar donde se debe dar culto está en Jerusalén”. La mujer participa de la esperanza mesiánica de la época de Jesús. También ella esperaba un profeta excepcional en el que se cumplirían todas las profecías anteriores. Jesús como los profetas tiene la misión de transmitir la palabra divina y de enseñar a los hombres a percibir el alcance divino de los acontecimientos. Jesús transmite lo que ha oído al Padre, como cosa propia. Es un profeta, pero mucho más, Él mismo es la Palabra de Dios encarnada y viva.

“Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén darán ustedes culto al Padre”. Cristo vivirá bajo el signo de la “hora”, la de su muerte, cuando se lleva a cumplimiento la redención.  Jesús vive en esa espera con serena certeza. Es también la hora del culto nuevo. El Señor declara la superación del culto en el templo. Él mismo se declara superior al templo. Presenta su cuerpo como el mismo templo y a la samaritana le explica que, al llegar Él, ha venido la hora en que ya no será necesario acudir al templo: “Se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. Jesús nos da esta enseñanza para dar el verdadero culto al Padre, que se da en la Verdad y en el Espíritu, en Cristo y en el Espíritu Santo. El culto cristiano no es un sumergirse en sí mismo, no es un espectáculo donde el hombre es el centro y el protagonista, el culto de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles nos reunimos en un mismo lugar, lo fundamental es que nosotros somos las «piedras vivas», reunidas para «la edificación de un edificio espiritual». El culto es un encuentro con el Hijo y con el Espíritu y, así, un entrar en comunión con Dios vivo.

“La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.  Jesús le dice: Soy yo, el que habla contigo”. Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho. La identidad de Cristo se le va desvelando poco a poco a la mujer, para la samaritana Jesús empieza por ser “un judío” más, para pasar a ser “un profeta”, hasta llegar a la plena manifestación en las palabras de Cristo: “Yo soy”, que nos recuerda la fórmula de revelación de Dios en el Antiguo Testamento: El “Yo soy” de Yavé y, finalmente “el Salvador del mundo”.

“La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que hice; ¿será éste el Mesías?”. Tan iluminada y saciada quedó la mujer que se olvida de sí misma y de su cántaro y va a anunciar a otros lo que ha visto y oído. De ser una persona sedienta, se ha convertido en manantial de vida eterna para otros. Se ha convertido en apóstol.

“Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él… En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: Me ha dicho todo lo que hice”. Para la mujer y sus paisanos la persona de Jesús se convirtió en alguien digno de ser buscado y de ser creído. Y todo esto sucede en un encuentro primero casual, luego personal y profundo, sin que Cristo violente el ritmo de cada persona, más bien Él se acomoda al ritmo sicológico de la samaritana y de los samaritanos. Maravillosa pedagogía de Jesús. Así nos trata el Señor.

“Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó
allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de
verdad el Salvador del mundo”.
El entusiasmo de la predicación de la mujer samaritana se trocó en entusiasmo de muchos que se convertían al Señor.