En este IV Domingo de Cuaresma «Laetare», Monseñor Rafael Escudero López-Brea, Obispo de la Prelatura de Moyobamba, presidirá la Celebración Eucarística en la Catedral de Moyobamba.

El evangelio de este domingo nos narra un milagro especialmente asombroso para los que lo contemplamos. Tenemos la sensación de estar entrando en la intimidad de aquel hombre ciego que le parece increíble que sus ojos, tocados por Cristo, puedan ver.
“En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Así comienza el relato de la curación milagrosa de un pobre muchacho ciego de nacimiento que está sentado mendigando en la calle. Todavía no sabe que Dios ha venido en su busca, que acude a su encuentro, y que quiere devolverle lo que es tan valioso para él, la vista.
Este ciego nos conmueve porque podemos reconocernos en él. Es la imagen del hombre creado para ver, para creer, pero que no ve, o no quiere ver. Dios le ha dado ojos para ver, luz para creer, pero sus ojos no funcionan. El hombre, sin embargo, aspira a creer, a ver a Dios, a ver a las criaturas con los ojos de Dios, a ver a los demás con la mirada de Dios, a verse él mismo como Dios lo ve. El pecado ha causado la ceguera espiritual en el hombre. Si Dios no interviene, el hombre jamás podrá recuperar lo que ha perdido. Entonces interviene Jesús. Jesús, nuestro Salvador, pasa a nuestro lado. Es el enviado del Padre que se acerca a cada uno de nosotros heridos por el pecado desde nuestra concepción, que vamos arrastrándonos sobre la tierra sin esperanza de alzarnos. Cristo también quiere curar nuestra falta de fe. Basta que nos dejemos encontrar y tocar por Él.
“Jesús… escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió con vista”. En su predicación, Jesús se sirve con frecuencia de los signos de la creación para dar a conocer los misterios del Reino de Dios. Realiza sus curaciones por medio de signos materiales o gestos simbólicos. Jesús al hacer barro con la tierra y su saliva nos recuerda el gesto del Creador, que creó al hombre de la tierra y de la palabra que sale de la boca de Dios. Así, ahora en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.
La piscina de Siloé nos recuerda el agua de nuestro bautismo que nos ha abierto los ojos a la intervención de Dios en nuestra vida, lo que nos conduce a la fe confiada y sin reservas y a la adoración. Como el ciego de nacimiento nosotros llegamos a ser cristianos por medio y gracias a una iluminación espiritual como la que experimentó materialmente el ciego, y esta gracia se recibe por medio del agua que es signo y vehículo del Espíritu Santo.
Comenta San Agustín: “Quedaremos iluminados, queridos hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que el Señor nos ilumine«.
“Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:… ¿Y cómo se te han abierto los ojos? El contestó: Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y me lavase. Entonces fui, me lavé y empecé a ver”. El ciego de nacimiento, una vez curado de su ceguera, debe luchar con todas sus fuerzas contra los que niegan lo que para él es una auténtica realidad. Así va avanzando hacia su segundo encuentro con el Señor. El ciego sabe que ha cambiado su situación por el poder de un hombre llamado Jesús. Ante esta declaración no hay nada que añadir. Es una constatación. Para el que tiene experiencia de fe, es una evidencia. El creyente sabe lo que vive. No puede probarlo ni demostrarlo, pero sabe lo que vive. Esto es lo que separa al creyente del no creyente: la vivencia de la fe.
“Y volvieron a preguntarle al ciego: ¿Y tú, qué dices del que te ha abierto los ojos? El contestó: Que es un profeta”. El muchacho curado participa de la esperanza mesiánica de la época de Jesús. También él esperaba un profeta excepcional en el que se cumplirían todas las profecías anteriores. Jesús como los profetas tiene la misión de transmitir la palabra divina y de enseñar a los hombres a percibir el alcance divino de los acontecimientos. Jesús transmite lo que ha oído al Padre, como cosa propia. Es un profeta, pero mucho más, Él mismo es la Palabra de Dios encarnada y viva. Todavía el ciego sanado no tiene capacidad para aceptar a Jesús como Dios encarnado. Para él es solo un profeta.
“Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del hombre? El contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo; el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor”. La identidad de Cristo se le va desvelando poco a poco al joven, para él Cristo empieza por ser “un hombre que se llama Jesús”, para pasar a ser “un profeta”, hasta llegar a la plena manifestación en las palabras de Cristo: “Lo estás viendo”, y, finalmente “el Señor”. El ciego ya tiene ojos para creer en Jesús. Sus ojos sanados ven a Jesús, pero no ven a Dios al que nadie puede ver. Por tanto, tiene que creer. Su fe se apoya en las palabras de Jesús. La fe es creer bajo palabra, no es visión. El ciego ha de creer que Jesús es el Hijo del hombre, el Mesías, el Salvador, Dios con nosotros, a favor nuestro.
“Y se postró ante él”. Al final de esta aventura maravillosa y misteriosa surge la adoración. El encuentro con el Señor conduce a este hombre, que ve, a la adoración. Ya puede ver el rostro del que le ha curado. A esto estamos llamados, hasta la adoración hemos de elevarnos y elevar la humanidad. En la adoración el hombre y Dios se encuentran: el hombre tendiendo hacia Dios, fuente de vida y de luz; Dios, don resplandeciente de gloria, recibido por el hombre. En la adoración el hombre no queda como pisado ante Dios, sino que se crece. Nunca el hombre es tan grande como cuando se postra ante Dios. En la adoración el hombre se sabe hecho para Dios, sin dejar de ser hombre, si disolverse ni fundirse en Dios, y queriendo que Dios no deje nunca de ser Dios. La adoración, fuente de vida y verdadera bienaventuranza, es un acto de amor divino que realiza al hombre en su humanidad. Nunca es más humano el hombre que cuando adora a Dios.
El ciego de nacimiento, que ahora ve, nos lleva hasta la oración. En la oración podemos adorar a Dios sin obstáculos. Es verdad que podemos adorar a Dios siempre y en todo lugar. Sin embargo, la oración es el tiempo designado especialmente para adorar a Dios. Dios viene en ayuda de nuestra debilidad, viene al que le reza como el ciego. Entabla con nosotros una relación de intimidad. Esta unión se vive en la fe, más allá de cualquier sentimiento.
Jesús escandalizó a los fariseos porque decía: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se queden ciegos”, para provocar en los hombres un discernimiento y una elección, una decisión a favor o en contra. Ésta es la clave de porqué el ciego llega a la luz mientras que los fariseos se vuelven ciegos. “Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: ¿También nosotros estamos ciegos? Jesús fue más lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal, los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos. “Jesús les contestó: Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen que ven el pecado de ustedes permanece”.
