- El homicidio voluntario, pecado cometido por el que mata y los que cooperan voluntariamente con él.
- El aborto directo, querido como fin o como medio, así como la cooperación al mismo. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida.
- La eutanasia que consiste en causar la muerte, con una acción o una omisión de lo necesario, de las personas discapacitadas, gravemente enfermas o próximas a la muerte, para suprimir el dolor. Constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador.
- El suicidio y la cooperación voluntaria al mismo. Dios nos ha dado la vida. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos sus administradores y no sus propietarios. El suicidio es una ofensa grave al justo amor de Dios, de sí mismo y del prójimo. Por lo que se refiere a la responsabilidad, ésta puede quedar agravada en razón del escándalo (si se comete con intención de servir de ejemplo) o atenuada por particulares trastornos psíquicos o graves temores. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida.
