- Todo grupo social y todo poder civil debe esforzarse en proteger el derecho a la libertad religiosa por medio de normas o leyes justas. Esto es así, porque todo grupo social debe colaborar con el bien común, el cual consiste en el conjunto de las condiciones de la vida social mediante las cuales los hombres pueden conseguir con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.
- De aquí se sigue que no es lícito al poder público el imponer a los ciudadanos, por la violencia, el temor u otros medios, la profesión o el rechazo de cualquier religión, o el impedir que alguien ingrese en una comunidad religiosa o la abandone. Mucho mayor es el daño cuando, mediante la fuerza, se intenta eliminar o cohibir la religión.
- En el uso de todas las libertades hay que observar el principio moral de la responsabilidad personal y social. En el ejercicio de sus derechos, cada uno de los hombres y grupos sociales están obligados por la ley moral a tener en cuenta los derechos de los otros, los propios deberes para con los demás y el bien común de todos.
- Cada familia, en cuanto sociedad que goza de un derecho propio y primordial, tiene derecho a ordenar libremente su vida religiosa doméstica bajo la dirección de los padres. A éstos corresponde el derecho de determinar la forma de educación religiosa que se ha de dar a sus hijos, según sus propias convicciones religiosas. El Estado debe reconocer este derecho.
- Por razón de su dignidad, todos los hombres, por ser personas a imagen y semejanza de Dios, dotados de entendimiento y voluntad tienen la capacidad y la obligación moral de conocer la verdad (sobre todo en lo que se refiere a la religión), y una vez conocida, tienen la obligación de adherirse y ordenar su vida según ella. Para hacer realidad esta exigencia de la propia naturaleza es necesaria la libertad religiosa.
- En la Revelación escrita no existe un texto explícito sobre esta materia, pero deja ver el respeto de Cristo a la libertad del hombre. Cristo llama a los hombres a seguirle, y por este llamado quedan obligados en conciencia, pero no coaccionados. Dio, en efecto testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Los discípulos siguieron sus huellas y la Iglesia mantiene esta doctrina.
