Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio | Domingo XV del Tiempo Ordinario | Mateo 13, 24 – 43

En este XVI Domingo del Tiempo Ordinario, Monseñor Rafael Escudero López-Brea, Obispo de la Prelatura de Moyobamba, presidirá la Celebración Eucarística en la Catedral de Moyobamba.

Jesús cuenta varias parábolas para explicar qué es “el Reino”. San Mateo utiliza con frecuencia la expresión «Reino de los cielos». Pero los «cielos» no deben entenderse como el lugar donde sólo Dios reina. Mateo, siguiendo la costumbre de los judíos que evitaban por respeto pronunciar el santo nombre de Dios, lo sustituye con otra palabra, de modo que «reino de los cielos» significa lo mismo que «reino de Dios». Para Jesús, el reinado de Dios es algo que comienza, prosigue y termina alcanzando su plenitud. La parábola de la cizaña y las dos siguientes, grano de mostaza y levadura, van en la línea de la última parte de la parábola del sembrador: a pesar de los contratiempos hay cosecha. Mientras tanto, hay que tener paciencia, pues con el trigo convive la cizaña.
Nos enseña el Catecismo: “Mientras que Cristo, «santo, inocente, sin mancha», no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación». Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación”.
“La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo”. (San Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 19).
No es lícito a los hombres anticipar el juicio como si ellos estuvieran ya en posesión de la verdad. Debemos ser conscientes, por otra parte, de que la mezcla del trigo y la cizaña no se realiza solamente en el espacio de la comunidad, sino también en cada uno de nosotros, en nuestro corazón.
El bien y el mal están muy repartidos. Esto tiene sus consecuencias. Si es verdad que no debemos juzgar a los otros, no lo es menos que cada cual debe cuidar su propio campo y someterlo constantemente a examen y a limpieza con la ayuda de la gracia de Dios. En la medida en que cada uno de nosotros seamos más críticos y responsables con nosotros mismos, seremos más comprensivos con la conducta de los demás.
San Agustín en su comentario del evangelio de hoy nos hace una llamada a la tolerancia y a la paciencia: “Tranquilizó su indignación y no los dejó en el dolor. A los siervos les parecía cosa grave el que hubiese cizaña entre el trigo, y lo era en verdad. Pero una es la condición del campo y otra la tranquilidad que reina en el granero. Tolera, para eso has nacido. Tolera, pues tal vez eres tolerado tú. Si siempre fuiste bueno, ten misericordia; si alguna vez fuiste malo, no lo olvides. ¿Y quién es siempre bueno? Si Dios te examinara atentamente, más fácilmente descubriría una maldad presente que esa bondad perenne que te atribuyes. Por lo tanto, ha de tolerarse la cizaña en medio del trigo”.
Jesús habla con frecuencia del «horno encendido» y del «llanto y el rechinar de dientes» reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo. Jesús anuncia en términos graves que «enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido».
Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, “los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”, para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:
La Iglesia “sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo, cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo”. (Concilio Vaticano II. L G 48).
Para nosotros esta consumación universal será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación. Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados por la sangre del Cordero. Ya no seremos heridos por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua. Esto es lo que nos espera. Vale la pena vivir con Cristo, sufrir con Él, reinar eternamente con Él